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Stolen Birthright: The U. S. Conquest and Exploitation of the Mexican People [El patrimonio robado: La conquista estadounidense y la explotación de los mexicanos]

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[This essay is the second installment of “Stolen Birthright: The U. S. Conquest and Exploitation of the Mexican People” by Richard D. Vogel. Read the first installment here.]

La guerra de Estados Unidos en México

La guerra de Estados Unidos en México de 1846-1848 fue la primera guerra estadounidense de agresión en contra de una nación soberana y fue el evento que definió las relaciones Estados Unidos-México.  La despiadada invasión estadounidense sorprendió hasta a las naciones europeas que habían estado en guerra con sus vecinos por siglos.  Ulysses S. Grant, quien sirvió en México bajo los generales Zachary Taylor y Winfield Scott, fue comandante de las fuerzas de la Unión en la Guerra Civil americana, y más tarde se convirtió en el dieciochavo presidente de los Estados Unidos, condenó la guerra incondicionalmente en su Personal Memoirs.  La denunció “como una de las guerras más injustas por una nación más fuerte contra otra débil.  Fue el caso de una república que seguía el mal ejemplo de las monarquías europeas, al no pensar en la justicia en su deseo por adquirir territorio adicional.”

La guerra de Estados Unidos en México representaba el fin de una campaña de treinta años de un imperialismo americano rapaz en el sur y en el suroeste.  La invasión fue planeada y ejecutada por los Estados Unidos para silenciar el reclamo de  México por Texas y expropiar todo lo que la república sureña pudiera tomar a fuerza de armas.  Fue la guerra con México la que Andrew Jackson no logró provocar en 1836.  Y, no menos importante, fue la guerra que intentaba extender el imperio de esclavitud de Estados Unidos a México.  La aristocracia de la esclavitud del sur de Estados Unidos instigó y dirigió la invasión.  El presidente estadounidense de ese momento, James K. Polk era un protegido político de Andrew Jackson.  Tanto el presidente como el general Zachary Scott, el comandante supremo en el campo de batalla de los Estados Unidos, pertenecían a familias esclavistas en el sur.  El general Taylor, quien inició la invasión de México y más tarde se convirtió en el presidente de Estados Unidos, también fue dueño de una plantación de esclavos en Mississippi.  La mayoría de los oficiales del ejército de Estados Unidos que sirvieron en México eran del sur de América y, si no eran dueños de esclavos, apoyaban la institución con entusiasmo.  Aunque la conquista de México al final no extendió el imperio de esclavitud de los Estados Unidos, sí garantizó la supervivencia de la institución en Texas hasta la guerra civil de los Estados Unidos.

La guerra de Estados Unidos en México era inevitable porque los oficiales mexicanos se rehusaron completamente a vender su territorio del norte a pesar de repetidas ofertas de compra por los Estados Unidos.  Cuando los líderes de los Estados Unidos finalmente entendieron que los mexicanos jamán venderían su su patrimonio en Norte América, se comprometieron totalmente con la guerra y buscaron un pretexto para justificar su agresión.  Aunque la estrategia del territorio “disputado” de Jackson fracasó en Texas en 1836, el presidente Polk la ocupó para crear un pretexto para la guerra en 1846.  El territorio “disputado” esta vez fue la ancha franja de tierra de 145 kilómetros (90 millas) entre los ríos Nueces y Grande en el sur de Texas.

Históricamente, el Nueces, que desemboca en el Golfo de México en Corpus Christi, era la frontera norte de Tamaulipas, México.  El presidente Polk exhortó a la República de Texas a que reclamara al Río Grande, que corre al sur aproximadamente paralelo al Nueces y desemboca en el Golfo de Matamoros, como su frontera sur.  Polk sabía que México entraría en guerra debido a la anexión de Texas, y despachó tropas estadounidenses bajo la comandancia del general Taylor a Corpus Christi a la orilla del territorio “disputado.”  En su Personal Memoirs, Grant explicó la misión del ejército de Estados Unidos en el sur de Texas, “Nos enviaron a provocar una lucha, pero era esencial que México la empezara.”  El plan funcionó. Los Estados Unidos anexó a Texas en febrero de 1846, y Polk inmediatamente ordenó que Taylor prosiguiera hacia el Río Grande.  Una de las patrullas de Taylor provocó una escaramuza con un destacamento mexicano y perdió a más de veinte soldados, incluyendo a once muertos, cinco heridos y varios capturados.

Polk inmediatamente hizo un llamado a la guerra.  En su mensaje belicoso al congreso de Estados Unidos, el presidente anunció que “sangre americana había sido derramada en tierra americana.”  Para contrarrestar la fuerte oposición a la guerra, Polk juntó la propuesta de ley con una ley para designar dinero para apoyar a Taylor y a los soldados que peligraban ante la resistencia mexicana.  Un voto negativo se interpretaría como una traición a las tropas que estaban en el campo de batalla.

Polk recibió su declaración de guerra.

Entrega incondicional

La estrategia americana fue llamar a una guerra total en contra de los mexicanos que sólo concluiría con una entrega incondicional.  La fuerza naval de los Estados Unidos bloqueó los puertos mexicanos para aislar y debilitar a la nación mientras que el ejército condujo operaciones terrestres.  La invasión inicial de los indefensos territorios del norte fue veloz y maquiavélica.  Agentes de los Estados Unidos encabezaron las fuerzas militares para infiltrarse en comunidades mexicanas y sobornar a oficiales claves para dividir y conquistar.  La resistencia a la invasión se trató con medidas draconianas.  Para aterrorizar a la población de Nuevo México hasta la sumisión, el ejército de los Estados Unidos cercó al antiguo Pueblo de Taos y dos líderes de la resistencia local fueron capturados y ejecutados — un guardia asesinó a Tomás Baca, un prisionero de guerra indio, antes de que fuera llevado a una corte militar, y Pablo Montoya, un ciudadano mexicano, fue acusado ilegalmente de traición en contra de Estados Unidos y ahorcado.

Desde el principio de la invasión, se manifestó la abrumadora ventaja de América — los Estados Unidos poseía un poder de armas superior y los comandantes de campo estaban dispuestos a usarlo en contra de blancos militares y civiles.  Los Estados Unidos habían nacido de la sangre en 1776 y se había estado preparando para la guerra desde que se estableció la academia militar estadounidense en West Point en 1802.  Después de estudiar los resultados de las guerras napoleónicas en Europa, el liderazgo de alto rango americano descubrió que los conflictos futuros se decidirían por medio de la artillería y emprendieron un desarrollo de lo más reciente en armas y tácticas de guerra.  La invasión de México serviría como un campo de prueba para la nueva máquina de guerra americana.

El superior poder de armas probó ser decisivo en cada enfrentamiento de la guerra de Estados Unidos con México.  Las fuerzas mexicanas, equipadas con armas inferiores y provisiones insuficientes, les dieron una resistencia enérgica, pero los proyectiles de la  artillería de largo rango golpeó sus fortificaciones y las descargas de las ametralladoras y metrallas arrasaron con los defensores.  A pesar de las grandes pérdidas, el ejército mexicano logró detener la invasión americana al norte de México.  Fue la toma de Veracruz lo que rompió el espíritu de la República Mexicana.

La toma de Veracruz

Con las fuerzas americanas instaladas en el norte, el presidente Polk decidió atacar en el corazón de México.  Veracruz, el principal puerto marino en la costa del golfo de México y el portal a la Ciudad de México, era la meta inicial de la campaña del general Scott en el sur.   En la primera invasión marítima a gran escala en América, más de 200 buques desembarcaron a más de 10,000 soldados, tres baterías de artillería de campo y miles de toneladas de municiones y equipo en terreno mexicano.  Scott rodeó a la ciudad de más de 15,000 personas, incluyendo a una guarnición de 3,360 soldados mexicanos, cortó la provisión de comida y agua y empezó un asedio devastador de 21 días.

No dispuestos a arriesgar vidas americanas en un asalto de infantería, el general Scott decidió bombardear Veracruz con sus baterías masivas de artillería hasta que se rindiera.  El ataque de los cañones comenzó a las 4:15 p.m. el 22 de marzo de 1847, con una artillería de 250 milímetros (10 pulgadas) de proyectiles de mortero que salían de las baterías ubicadas la costa y que llovían sobre la Plaza de Armas en el centro de la ciudad.  A las 5:45 p.m. el asalto estadounidense aumentó con los disparos de artillería de una flotilla de dos barcos de vapor y cuatro goletas anclados firmemente a una milla cerca de Point Hornos. Para apresurar la caída de la ciudad, Scott tenía una batería naval de tres cañones de 12 kilogramos (32 libras) y tres pistolas de 200 milímetros (8 pulgadas) en tierra firme y puestos en posición el día siguiente.  Cuando la batería abrió fuego la mañana del 24 los efectos de los cañones pesados se vieron de inmediato.  Las paredes del fuerte de Veracruz se empezaron a derrumbar y las esquirlas de los proyectiles barrían con la población militar y civil dentro de la ciudad.  Fue una imagen terrible pero lo peor estaba por venir.

El terror de la toma incrementó cuando los lanzacohetes americanos lanzaron cuarenta cohetes Congreve a la ciudad intentando incendiarla.  El 25 siguieron con una descarga de otros 10 cohetes Hale.  Altamente imprecisos, los misiles experimentales raramente dieron en los blancos pero, en el impacto, rebotaron al azar por las calles de la ciudad causando muchas muertes civiles y daños colaterales substanciosos.

La destrucción y matanza dentro de los muros de Veracruz fueron extensas.  El fuego cesó temporalmente a las 5 p.m. el 25 cuando un oficial mexicano emergió de debajo de una bandera de tregua y pronunció una propuesta para la evacuación de mujeres y niños de la ciudad.  Scott negó el pedido y continuó el bombardeo sin cesar a través del viento y lluvia de una tormenta particularmente despiadada que ocurrió durante la noche.  En la mañana del 26, Scott otra vez rechazó el pedido para permitir la evacuación de civiles, pero sí empezó negociaciones para la capitulación de la ciudad.  Continuó exigiendo el rendimiento incondicional y lo obtuvo el 27 de marzo.

Veracruz estaba hecho un desastre.  Durante el bombardeó de cuatro días, la artillería costera americana había disparado 6,700 tiros y cartuchos, un total de 173,000 kilogramos (463,000 libras) de municiones a la ciudad.  Casi un tercio de los misiles (mitad del peso total) eran proyectiles mortales de 250 milímetros (10 pulgadas) que impactaron al azar o explotaron en el aire, dejando caer proyectiles afiladísimos encima de los soldados y civiles.  La armada americana también lanzó 1,800 cartuchos de artillería pesada en la ciudad.  La cuenta final de muertes y dolor en Veracruz era tan desigual como la batalla misma.  Oficiales mexicanos estimaron entre 400 a 500 las muertes civiles y 600 las militares dentro de la ciudad — los americanos perdieron a 13 hombres y 54 fueron heridos.

El capitán Robert E. Lee, un joven oficial de artillería americano quien más tarde comandaría a las fuerzas Confederadas durante la Guerra Civil americana, participó en la toma de Veracruz y grabó sus recuerdos del evento:

Los proyectiles lanzados por nuestra batería eran descargas constantes y regulares,  era tan bello su vuelo y tan destructiva su caída.  ¡Era espantoso!  Me dolió el corazón por los habitantes.  No me importaban los soldados, pero era terrible pensar en las mujeres y en los niños.

El capitán Lee no fue el único en horrorizarse con la toma de Veracruz.  Las naciones del oeste de Europa condenaron tanto el salvajismo de la toma como el imperialismo desnudo de los Estados Unidos.  Pero los Estados Unidos no se desalentó con las críticas y furia internacional; la invasión inmediatamente se encaminó tierra adentro hacia el corazón de México.

Hacia los paredones de Moctezuma: La caída de la ciudad de México

Después de la caída de Veracruz, Scott dirigió el poder de su invasión masiva hacia la ciudad de México.  Los defensores de México se enfrentaron a los invasores americanos en varios puntos a lo largo de la marcha pero siempre perdieron ante la potencia estadounidense y no lograron detener el avance.  El acoso constante de guerrillas retrasó a las fuerzas de Scott, pero no lograron prevenir el ataque a la capital de la República Mexicana.

El destino de la ciudad de México se decidió en el castillo de Chapultepec, localizado  a tres kilómetros (2 millas) al oeste de las puertas de la capital.  Para desmoralizar a los defensores mexicanos y aterrorizar a los habitantes de la capital cercana, Scott ordenó que cuatro baterías de artillería bombardearan Chapultepec durante el día 12 de septiembre de 1847.  El asalto por tierra empezó la mañana siguiente con una descarga de dos horas sobre el castillo, seguida por una tormenta de disparos de todo tipo dirigido a los soldados mexicanos apostados en las afueras de los paredones.  Las unidades de cuatro divisiones del ejército de los Estados Unidos participaron en el ataque de la ciudadela que fue defendida por sólo 832 soldados de infantería con algunos artilleros e ingenieros y un puñado de jóvenes cadetes del colegio militar.  El castillo cayó el 13 de septiembre después de una feroz batalla mano a mano.  Las bajas mexicanas incluyeron a muchos heridos quienes fueron degollados por los americanos y seis cadetes jóvenes del colegio militar en Chapultepec — Francisco Márquez, Agustín Melgar, Juan Escutia, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez y Juan de la Barrera — que pelearon con valentía y se lanzaron a sus muertes desde la torre de la ciudadela en vez de rendirse a los americanos.  Se les llamó con el legendario nombre de Los Niños Héroes, mártires de una guerra injusta.

Los Niños no fueron los únicos mártires de la causa mexicana que murieron en Chapultepec.  A las 9:30 a.m. en el último día de la toma, en el momento preciso en que las estrellas y barras americanas reemplazaron a la tricolor mexicana sobre el castillo, el coronel estadounidense William Selby Harney dio la orden de colgar a treinta irlandeses americanos y a inmigrantes irlandeses del Batallón de San Patricio que habían desertado del ejército de los Estados Unidos para pelear del lado mexicano y habían sido capturados en la Batalla de Churubusco.  Los cuerpos de estos hombres, que habían estado en la horca a plena vista del castillo con las sogas al cuello desde el amanecer, fueron bajados más tarde y enterrados por otros San Patricios que habían sido azotados y marcados con hierro caliente.  Una placa de mármol honrando a los soldados irlandeses americanos está ubicada frente a la Plaza de San Jacinto en la ciudad de México, en el suburbio de San Ángel.

Después de la caída de Chapultepec, Scott movió sus fuerzas a las puertas de la ciudad de México donde la artillería probó ser triunfante otra vez.  La campaña de Scott de asaltar y aterrorizar funcionó — los ciudadanos de la ciudad de México se dieron cuenta que estaban a la misericordia de un enemigo despiadado.  El 14 de septiembre, para proteger a la ciudad de la suerte de Veracruz y Chapultepec, las autoridades mexicanas persuadieron al general Santa Anna para que sacara al ejército mexicano y suplicara al general americano que pensara en acuerdos de capitulación más favorables.  Scott, con sus poderosas pistolas apuntadas al corazón de México, exigió una entrega incondicional.  Los oficiales mexicanos estaban informados de la tragedia de Veracruz y con la matanza de Chapultepec aún ardiendo en su vista, se rindieron.

Para celebrar la toma de la ciudad de México, Scott organizó al siguiente día un triunfante desfile militar hacia la Gran Plaza.  Cuando la resistencia mexicana disparó a las tropas estadounidenses mientras se dirigían a la plaza, los artilleros americanos bombardearon las casas desde las cuales se originó el fuego con un arma Howitzer de 200 milímetros (8 pulgadas).  El fuego esporádico en contra de los invasores de la ciudad continuó hasta el 17 de septiembre cuando los últimos soldados de la resistencia fueron atrincherados y asesinados.  Una vez más, prevaleció la artillería americana — en la batalla por el corazón de México los Estados Unidos sólo perdió a 130 hombres comparado con las más de 3,000 muertes de defensores mexicanos.

La guerra había prácticamente terminado, pero la resistencia continuó después de la caída de la capital.  Las actividades de limpieza tomaron más meses y más vidas mexicanas.  En Puebla, cuatro mil guerrilleros atacaron la guarnición de los Estados Unidos y la asediaron por veintiocho días — pero otra vez el enfrentamiento fue resuelto por el poder de fuego americano. Actos de resistencia se dieron por todos lados pero se les aplastó implacablemente.  A través de toda la campaña estadounidense en México, las acciones guerrilleras en contra de los invasores enfrentó medidas severas — Scott inicialmente había dado órdenes permanentes de que se responsabilizara alos oficiales mexicanos locales de la detención y entrega a las fuerzas americanas de cada mexicano que mató o hirió a un americano.  Si las partes culpables no se entregaban, una multa de $300 se imponía sobre la propiedad personal del alcalde más cercano.  Después de la caída de la ciudad de México, Scott endureció su ley en contra de la resistencia aún más.  Los soldados americanos fueron ordenados de no dar tregua — los sospechosos de ser guerrilleros eran capturados y condenados a la muerte con “debida solemnidad” después de un juicio simulado por tres oficiales del ejército estadounidense.  Las ejecuciones se efectuaron por todo México y ayudaron a extinguir las últimas llamas de la resistencia.

La campaña implacable de Scott que inició en Veracruz y penetró el valle de México hasta llegar a los paredones de Moctezuma ganó la guerra.  Los americanos ocasionaron más de 7,000 bajas en el ejército mexicano y tomaron a más de 3,700 prisioneros.  Además, el ejército invasor tomó por lo menos 75 cañones y 20,000 armas pequeñas, eficazmente desarmando a una joven república mexicana.  Los historiadores americanos que escribieron las crónicas de la conquista no dan estimados del número de las bajas de civiles o la cantidad del daño colateral de la guerra de Estados Unidos en México.

Los Diablos Tejanos

Ninguna historia de la conquista de los Estados Unidos de México está completa sin un recuento de las barbaries cometidas por las compañías de los conocidos Texas Rangers, apodados Los Diablos Tejanos por los mexicanos a quienes aterrorizaban.  Estas pandillas paramilitares condujeron una campaña de muerte y destrucción en el campo mexicano que dejó un legado de odio que sobrevive hasta hoy.  La gran mayoría de los 700 rangers que se dieron de voluntarios para servir en México era un grupo de forajidos sin trabajo de  la frontera de Texas que estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por dinero.  Fueron reclutados y encabezados por tejanos que buscaban venganza por lo que consideraban males cometidos por mexicanos en el Alamo, Goliad, Santa Fe y Mier.

Los Diablos asesinaron y saquearon indiscriminadamente.  Estaban armados con lo último en rifles y revólveres y empuñaban fieros cuchillos Bowie, los rangers operaron más allá del control del ejército de los Estados Unidos desde el día en que se reportaron para su función.  Se les despachó como exploradores en el norte de México por el general Taylor, los mercenarios tejanos recorrieron el campo, atracando pueblos, saqueando granjas y disparando o colgando a ciudadanos mexicanos desarmados.

El 9 de julio de 1846, George Gordon Meade, un joven oficial del ejército que, como Grant y Lee, sirvió de general durante la Guerra Civil de Estados Unidos, escribió un reporte mordaz sobre la falta de conducta de los rangers en su jurisdicción:

Asesinaron a cinco o seis personas inocentes que caminaban por la calle, sin ninguna otra razón que para su propio entretenimiento. . . .  Asaltan y roban ganado y maíz de los granjeros pobres y, de hecho, actúan más como un cuerpo de indios hostiles que como blancos civilizados.  Sus oficiales no pueden darles órdenes ni controlarlos.

La compañía de Texas Rangers de Corpus Christi bajo el mando de “Mustang” Gray, el hombre que asesinó a Agapito De León en Victoria, era uno de los peores de Los Diablos.  Dr. S. Compton Smith, un crítico abierto de los Texas Rangers, no fue parco en la denuncia de Gray y su compañía:

La compañía de Texas Rangers . . . estaba compuesta en su mayoría de aventureros y vagabundos. . . .La pandilla de bellacos bajo el liderazgo de Mustang Gray son ejemplo de esta descripción.  ¡Su grupo, a sangre fría, asesinó a casi toda la población masculina del rancho de Guadalupe, donde ni una sola arma, ofensiva o defensiva, pudo ser encontrada!  ¡Su único objetivo fue el saqueo!

Cuando el general Taylor se enteró de la masacre del rancho de Guadalupe y otras barbaries cometidas por los rangers, intentó frenar a los 700 voluntarios de Texas al amenazarlos con un posible arresto de todos ellos.  Los rangers, ignoraron al general, y él retrocedió.  Después de todo, el reinado de terror encabezado por Los Diablos Tejanos en contra de los mexicanos ayudó a paralizar la resistencia a la invasión y ayudó en la conquista de México.

El Tratado de Guadalupe Hidalgo

México finalmente perdió la guerra debido a la despiadada aplicación de un poder de fuego superior en contra tanto de los blancos militares como de los civiles por las fuerzas del ejército y la armada de Estados Unidos.  Empezó como una guerra de desgaste que los comandantes de campo americanos estaban dispuestos a escalar a una guerra de aniquilación.  Las hostilidades cesaron oficialmente a fines de octubre de 1847, y el Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, terminó formalmente con el conflicto.  La guerra de Estados Unidos en México aseguró la anexión de Texas como una parte del imperio de la esclavitud del sur y tomó casi la mitad del territorio original de la República de México como botín de la guerra.  A México se le obligó a ceder parte del norte de California y el territorio de Nuevo México (más tarde conocido como los estados de Nuevo México, Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming) a los Estados Unidos —un área total de tierra de 1,370,154 kilómetros cuadrados (529,017 millas cuadradas).  Incluyendo la tierra de la cesión española y la anexión de Texas, para 1848 los Estados Unidos había expropiado un total de 2,567,111 kilómetros cuadrados (casi un millón de millas cuadradas) de tierra a su vecino al sur.

México perdió sus fértiles llanos en las costas de Texas y California y los generososaltiplanos de las mesetas de Edwards y Colorado y el Llano Estacado, vastas áreas que han producido riquezas enormes de minerales, aceite, carne de res, algodón, maíz, azúcar y otras mercancías agriculturales.  Se perdieron los fecundos valles de el Valle Central en California, el Río Gila en Arizona, el Valle Mesilla en Nuevo México y el Valle del Río Grande en Texas, los que eran cornucopias que llegarían a alimentar a gran parte de la población de los Estados Unidos.  A los mexicanos se les robaron los tesoros de la Sierra Nevada, de las montañas Rocky inferiores y las porciones altas de Sonora y Chihuahua que han producido copiosas cantidades de oro, plata, cobre y otros minerales.  Los ríos importantes y abundantes bosques del suroeste americano fueron expropiados.  Los puertos marítimos claves de California y Texas fueron anexados a los Estados Unidos — San Francisco, San Pedro, San Diego, Puerto Isabel, Corpus Christi y Galveston — todos destinados a convertirse en prósperos centros comerciales e industriales.  A México se le negaron los importantes centros de comercio de Sonoma, Santa Clara, San Juan Bautista, Monterrey, San Luis Obispo, Santa Bárbara, San Fernando, Los Ángeles, La Mesa, San Gabriel, Santa Fe, Albuquerque, El Paso, San Antonio y Laredo — los nombres en español son una protesta contra el robo.

Y, para algunos americanos, la mitad de México no era suficiente.  El mismo presidente Polk estaba decepcionado con las últimas condiciones del Tratado de Guadalupe Hidalgo.  Quería que se dividiera a México en el paralelo 26 por el oeste desde la boca del Río Grande hasta el Océano Pacífico, un plan de anexión que habría incluido casi todos los estados de México hasta ese momento: Coahuila, Chihuahua, Sonora (con su importante puerto de Guaymas) y casi toda Baja California.  Además, quería la zona de México ubicadaal este de la Sierra Madre Oriental junto con el puerto de Tampico (los estados que ahora conocemos como Nuevo León y Tamaulipas).  Polk tenía en cuenta que las planicies costeras de Tamaulipas eran tierra fértil para las colonias de esclavos.  Así y todo, el presidente de los Estados Unidos codició y, casi se aseguró, otros 886,000 kilómetros cuadrados (336,000 millas cuadradas) de México como botín de guerra.

Había muchos norteamericanos que querían más que eso.  Una poderosa facción de políticos estadounidenses, especuladores de tierras y capitalistas del norte pidieron la anexión y esclavitud de todo México.  El 10 de noviembre de 1847 el Whig Party en los Estados Unidos publicó su programa para la república vencida:

Se decreta entonces que por la paz y tranquilidad de esta tierra, [México] por la felicidad de estas personas, y para terminar con el derrame de sangre humana, que los Estados Unidos, desde ahora en adelante, da fin a la guerra — se atribuye la conquista completa de México — lo anexa a los Estados Unidos, y a la gente se le requiere que reparen sus respectivos hogares, y que esperen allí el llamado de las autoridades adecuadas de los distintos estados para organizar sus constituciones estatales, que, si son republicanas, serán aceptadas en la Unión. . . .  Todo los que se rebelen, que actúen contrariamente a este manifiesto, serán traidores cuyas vidas y propiedades serán confiscadas.

Muchos de los comandantes de campo americanos que participaron en la invasión de México apoyaron la anexión total.  El general de brigada William J. Worth, un expansionista feroz y racista, fue bastante explícito:

Que nuestra raza está finalmente destinada a invadir el continente entero es demasiado obvio para necesitar prueba. . . . Después de mucha reflexión he llegado a la conclusión de que nuestra norma es que tomemos control de todo México. — Los detalles de la ocupación no tienen importancia — Me refiero por ocupación a conquista permanente y futura anexión. . . .

Sin embargo, contradicciones internas en los Estados Unidos bloquearon el movimiento hacia la anexión de todo México.  El tema de la esclavitud continuó persiguiendo a los defensores de Free Soil (Tierra libre) estadounidense que temían que la nación conquistada se convertiría en un territorio de esclavos y apasionadamente se opusieron a la anexión.  Los especuladores de tierras y los capitalistas del norte estaban ansiosos por adquirir todo México y venderlo para sacar ganancias como lo habían hecho con el medio oeste y sur americano y se habían puesto del lado de los anexionistas.  Los dueños de esclavos se habían dividido con respecto al tema — algunos abogaron por una expansión sin trabas, mientras que otros temían que si todo México era anexado, podría serlo como tierra libre.  El resultado fue una amarga lucha política en el senado de los Estados Unidos.  Al final, la expansión de la esclavitud, que inicialmente llevó al imperialismo estadounidense al sur y al suroeste, sería el tema que inclinaría la balanza en contra de la anexiónde México.

La guerra de los Estados Unidos con México demostró ser suficientemente devastadora sin llegar a la anexión total.  La campaña de treinta y cinco años en contra de España y México llegó a un clímax en el Tratado de Guadalupe Hidalgo que garantizó la esclavitud en Texas y expandió los Estados Unidos desde el Atlántico y el Golfo de México hasta el Océano Pacífico.  A los americanos les gusta disfrazar la apropiación de tierras y llamarla “Destino manifiesto,” pero la historia demuestra verdaderamente lo que es — una mera agresión por un poder superior que le robó a los mexicanos su su patrimonio en América del Norte y paralizó el futuro de una joven república.

La suerte de los conquistados

La lucha por la apropiación de la tierra y los territorios robados no terminó con el fin de la guerra.  Aunque el Tratado de Guadalupe Hidalgo reconoció la legitimidad de las concesiones de terrenos españoles y mexicanos y ofreció a los habitantes mexicanos de los territorios cedidos la ciudadanía americana, la afluencia de hombres blancos despiadados y hambrientos por tierra resultó en una opresión general que propició un exilio y repatriación masivos.  El exilio de los mexicanos de Texas que empezó después de la toma de poder de los anglos de 1836 se intensificó después de la guerra en 1848.  Los refugiados asediados abandonaron sus granjas y ranchos y se mudaron al otro lado del Río Grande a los viejos pueblos mexicanos de Paso del Norte, Guerrero, Mier, Camargo, Reynosa y Matamoros y establecieron los nuevos pueblos de Nuevo Laredo, Mesilla y Guadalupe.

A la población hispano parlante no le fue mejor en la California de posguerra.  Los descendientes de los colonizadores españoles originales, conocidos como californios, enfrentaron problemas similares a los de sus compatriotas en Texas y recibieron la presión adicional de la fiebre de oro de 1849 que atrajo a más de 100,000 recién llegados al territorio, incluyendo a más de 80,000 blancos de los Estados Unidos, 8,000 mexicanos del estado de Sonora, y 5,000 sudamericanos, principalmente mineros de Chile.

Muchos de los problemas en los campos de oro de California surgieron debido a que los sonorenses y los chilenos eran mejores mineros que los blancos y los primeros se convirtieron en blanco de ataque para el resentimiento y la persecución.  La ley de impuestos para mineros extranjeros de 1850 que pasó la legislación de California requería que los extranjeros compraran permisos para buscar oro por $20 al mes (una gran cantidad para aquellos días).  La legislación se había propuesto obligar a mexicanos y chilenos a que abandonaran sus derechos y reducirlos al estatus de obreros.  La ley, sin embargo, demostró no ser ejecutable y el trabajo de privarlos de derechos de concesión tuvo que ser completado por las turbas blancas de linchadores y por pandillas de hombres armados.  Varios de los líderes locales y regionales de estas pandillas sabían cómo hacer el trabajo — habían sido rangers en Texas o en la guerra con México antes de unirse a la fiebre de oro en California.

Los anglos en California acusaron de bandidos a los mexicanos que se defendieron. La intensidad del conflicto local se refleja en la leyenda del bandido Joaquín Murieta, quien causó estragos en la comunidad anglo como venganza por las muertes de su esposa y hermano y por el robo de su mina de oro por los roba-propiedades anglo.  Si Joaquín Murieta existió o no, no importa — los casos históricos de Juan Flores y Tiburcio Vásquez, bandidos que fueron atrapados y colgados por la patrulla ciudadana blanca, son testimonio de la desesperación y odio de los mexicanos desposeídos en California.

En menos de una década, la mayoría de los chilenos y muchos mexicanos en California habían sido repatriados.  La población mexicana que permaneció en California, seguida por sus descendientes y generaciones posteriores de nuevos inmigrantes de México, brindó poder laboral para desarrollar la riqueza del estado de la misma forma en que lo hicieron sus compatriotas en Texas.

Al principio, el futuro de la población mexicana en el territorio de Nuevo México se percibía prometedor.  La superioridad en número, un gobierno representativo y derechos garantizados por el Tratado de Guadalupe Hidalgo inicialmente ofrecían a los mexicanos la posibilidad de mantener su tierra, pero finalmente los rancheros anglos, los especuladores de tierras y los capitalistas extranjeros del este ganaron.  Después de dos décadas de linchamientos, guerras por tierras y pleitos, la mayoría de los nuevomexicanos nativos, como sus compatriotas en Texas y California, se encontraron desplazados y desterrados.

La compra de Gadsden: Regresaron por más

No satisfechos con las grandes concesiones territoriales del Tratado de Guadalupe Hidalgo, los Estados Unidos exigió más tierra a México en 1852.  El descubrimiento de oro en California renovó el interés americano en lo que restaba del territorio mexicano en el suroeste.  Sabiendo que la plata y el oro con frecuencia se encuentran cerca de depósitos de minerales comunes, capitalistas y especuladores americanos pusieron la vista en  estados del norte como Sonora y Chihuahua que contaban con ricos depósitos de cobre.  La frontera establecida por el Tratado de Guadalupe Hidalgo había dejado a México en posesión de la mina de cobre de Santa Rita en el norte de Chihuahua y otros depósitos de cobre conocidos a través del norte de Sonora.  Además,  la planicie al sur del Río Gila proveía una ruta fácil para el ferrocarril transcontinental estadounidense del sureste.  El Tratado de Guadalupe Hidalgo, como el Tratado Adams-Onís de 1819, interfería con los americanos explotadores y debía romperse.

El presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, designó a James Gadsden, un magnate adinerado del ferrocarril del sur, como ministro de relaciones exteriores con México y lo envió a negociar armado con una zanahoria y una espada.  La zanahoria encerraba la oferta de hasta $25 millones por la tierra y un soborno de $200,000 para Santa Anna, el presidente de una república abatida.  La espada era la amenaza de otra invasión.

La espada estaba en posición de ataque.  Otra vez, los Estados Unidos empleó la estrategia que probó ser exitosa en Florida y Texas — los  inmigrantes anglo se habían estado infiltrando a través del Río Grande y se establecieron en el Valle de Mesilla en Chihuahua desde el fin de la guerra.  Antes de las negociaciones de Gadsden, los soldados americanos se movieron río arriba de El Paso a una posición estratégica donde podían cruzar el río rápidamente para “proteger vidas americanas.”  Santa Anna estaba consciente de la situación en el Valle de Mesilla.  Conociendo la crueldad de los anglos y el no ser inmune a los sobornos personales, Santa Anna aceptó el dinero y ordenó que sus ministros firmaran cualquier oferta que el funcionario americano ofreciera.

Gadsden regresó a Washington con un tratado que cortaba profundamente el territorio mexicano restante.  El nuevo tratado transfería la frontera internacional del Río Gila aproximadamente 200 kilómetros (125 millas) al sur donde ahora se encuentra.  La radical cirugía quebró la parte superior de los estados mexicanos de Chihuahua y Sonora y traspasó otros 78,000 kilómetros cuadrados (30,000 millas cuadradas) de la república mexicana a los Estados Unidos.  Los Estados Unidos sólo pagaron cincuenta y tres centavos por acre de la tierra que se convirtió en parte de los estados de Nuevo México y Arizona.  La traición de Santa Anna enfureció tanto a los ciudadanos mexicanos que se le expulsó como presidente y tuvo que pasar los próximos veinte años de su vida en el exilio.

Como sucediera con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, hubo muchos americanos poderosos que querían explotar las debilidades de México para tomar más terreno.  Gadsden había obligado al gobierno mexicano a que firmara tres bosquejos del tratado.  La primera versión, la que confabularon Gadsden y sus ricos asociados, colocaba la frontera internacional en el paralelo 30 desde un punto en la mitad del Río Grande 50 kilómetros (31 millas) al norte del actual río Ojinaga-Presidio cruzando al oeste del Golfo de California.  Este bosquejo también cedía todo Baja California a los Estados Unidos y se habría tragado aproximadamente 341,000 kilómetros cuadrados (132,000 millas cuadradas) más de los del bosquejo que finalmente se adoptó.  El mismo asunto que había frustrado la anexión de todo México igualmente venció el bosquejo más oneroso del Tratado de Gadsden — la expansión del imperio de esclavitud del sur en los Estados Unidos.

El Tratado de Gadsden ratificado por el senado de los Estados Unidos en 1854 completó la toma de tierra americana en el suroeste americano.  Para fines de la campaña de treinta y cinco años en contra de España y México, los Estados Unidos había desmembrado a su república hermana del sur, robando más de 2.6 millones de kilómetros cuadrados (más de un millón de millas cuadradas) de tierra.  En un contexto moderno, el recuento del daño final de México es asombroso — más que un tercio (33.8 por ciento) del terreno de los cuarenta y ocho estados de los Estados Unidos del sur pertenecía a México o a España.  Si se resta el terreno que España cedió aún queda más de un 31 por ciento de tierra de los cuarenta y ocho estados estadounidenses al sur que pertenecía a México.

El Tratado de Gadsden concluyó la toma de tierra americana pero no terminó con la explotación de México.  Desde el fin de la guerra en 1848 hasta el presente, los Estados Unidos ha usado su posición dominante para sistemáticamente saquear los recursos de su vecino del sur y explotar el poder laboral de los mexicanos.

The U.S. War on Mexico

The United States War on Mexico of 1846-1848 was the first U.S. war of aggression against a sovereign nation and the defining event in U.S.-Mexico relations.  The ruthlessness of the U.S. invasion shocked even the European nations that had been at war with their neighbors for centuries.  Ulysses S. Grant — who served in Mexico under both Generals Zachary Taylor and Winfield Scott, commanded the Union forces in the American Civil War, and later became the eighteenth President of the United States — unconditionally condemned the war in his Personal Memoirs.  He denounced it “as one of the most unjust wars ever waged by a stronger against a weaker nation.  It was an instance of a republic following the bad example of European monarchies, in not considering justice in their desire to acquire additional territory.

The U.S. War on Mexico was the culmination of a thirty-year campaign of rapacious American imperialism in the South and Southwest.  This invasion was planned and executed by the U.S. to silence Mexico’s claim to Texas and to expropriate as much of the southern republic as it could seize by force of arms.  It was the war on Mexico that Andrew Jackson failed to provoke in 1836.  And last but not least, it was a war intended to extend the U.S. empire of slavery into Mexico.  The southern U.S. slave aristocracy instigated and commanded the invasion.  The U.S. President at the time, James K. Polk, was a political protégé of Andrew Jackson.  Both the President and General Zachary Scott, the supreme U.S. field commander, were from slaveholding families in the South.  General Taylor, who initiated the invasion of Mexico and later became U.S. president himself, actually owned a slave plantation in Mississippi.  The majority of the U.S. Army officers who served in Mexico was from the American South and, if not slave owners themselves, enthusiastically supported the institution.  And although the conquest of Mexico did not ultimately extend the U.S. empire of slavery, it did guarantee the survival of the institution in Texas until the U.S. Civil War.

The U.S. War on Mexico was inevitable because Mexican officials absolutely refused to sell their northern territory despite repeated offers by the United States to buy it.  Once the leaders of the U.S. finally understood that the Mexican people would never sell their birthright in North America, they were committed to war and sought a pretext to justify their aggression.  Although Jackson’s “disputed” territory strategy failed in Texas in 1836, President Polk employed it to create a pretext for war in 1846.  The “disputed” territory this time was the 145-kilometer (90 mile) wide strip of land between the Nueces River and Rio Grande in south Texas.

Historically, the Nueces, which empties into the Gulf of Mexico at Corpus Christi, was the northern border of the Mexican state of Tamaulipas.  President Polk urged the Republic of Texas to claim the Rio Grande, which runs south and roughly parallel to the Nueces and empties into the Gulf at Matamoros, as its southern boundary.  Polk knew that Mexico would go to war over the annexation of Texas and dispatched U.S troops under the command of General Taylor to Corpus Christi on the edge of the “disputed” territory.  In his PersonalMemoirs, Grant explained the mission of the U.S. Army in south Texas, “We were sent to provoke a fight, but it was essential that Mexico should commence it.”  The plan worked.  The U.S. annexed Texas in February of 1846, and Polk immediately ordered Taylor to proceed to the Rio Grande.  One of Taylor’s patrols skirmished with a Mexican detachment and lost over twenty soldiers, including eleven dead, five wounded, and several captured.

Polk immediately called for war.  In his bellicose message to the U.S. Congress, the President announced that “American blood had been shed upon American soil.”  To counter strong opposition to the war, Polk coupled his war bill to a law appropriating money to support Taylor and the soldiers who were imperiled by Mexican resistance.  A “no” vote would be construed as a betrayal of the troops in the field.

Polk got his declaration of war.

Unconditional Surrender

The American strategy was to wage total war against the Mexican people that would only end with unconditional surrender.  The U.S. Navy blockaded the ports of Mexico in order to isolate and weaken the nation while the Army conducted land operations.  The initial invasion of the undefended northern territories of the republic was swift and Machiavellian.  U.S. agents were sent ahead of the military forces to infiltrate Mexican communities and bribe key officials in order to divide and conquer.  Where resistance to the invasion did occur, it was dealt with by draconian measures.  To terrorize the population of New Mexico into submission, the U.S. Army shelled the ancient Pueblo de Taos, and two leaders of the local resistance were captured and summarily executed — a guard murdered Tomás Baca, an Indian prisoner of war, before he could be brought before a military court, and Pablo Montoya, a citizen of Mexico, was illegally charged with treason to the U.S. and hanged.

From the beginning of the invasion, America’s overwhelming advantage was manifest — the U.S. possessed superior firepower that field commanders were willing to use against both military and civilian targets.  The United States had been born in blood in 1776 and had been preparing for war since the U.S. Military Academy was established at West Point in 1802.  After studying the results of the Napoleonic Wars in Europe, the American high command realized that future conflicts would be decided by artillery and set about developing the latest in guns and tactics.  The invasion of Mexico would serve as a proving ground for the new American war machine.

Superior firepower proved decisive in every major engagement of the U.S. War on Mexico.  Equipped with inferior arms and insufficient supplies, Mexican forces offered spirited resistance, but long-range artillery shells battered their fortifications and barrages of shrapnel and grapeshot mowed the defenders down.  Despite heavy losses, the Mexican army was able to halt the American invasion in northern Mexico.  It was the siege of Veracruz that broke the spirit of the Mexican republic.

The Siege of Veracruz

With American forces checked in the north, President Polk decided to strike at the heart of Mexico.  Veracruz, the primary seaport on Mexico’s Gulf Coast and the gateway to Mexico City, was the initial target of General Scott’s campaign in the South.  In America’s first major sea invasion, over 200 vessels landed more than 10,000 soldiers, three batteries of field artillery, and thousands of tons of ammunition and equipment on Mexican soil.  Scott encircled the city of 15,000 people, including a garrison of 3,360 Mexican soldiers, cut off the food and water supplies, and began a devastating 21-day siege.

Unwilling to risk American lives in an infantry assault, General Scott decided to bombard Veracruz into submission with his massive artillery batteries.  The cannonade commenced at 4:15 P.M. on March 22, 1847, when a barrage of 250-millimeter (10 inch) mortar shells from the shore batteries showered down on the Plaza de Armas in the center of the city.  At 5:45 P.M. the U.S. assault was augmented by artillery fire from a flotilla of two steamers and four schooner-gunboats anchored safely a mile away near Point Hornos.  To hasten the fall of the city, Scott had a naval battery of three 12-kilogram (32-pound) cannons and three 200-millimeter (8-inch) guns brought ashore and put into position the following day.  When the battery opened fire on the morning of the 24th the effects of the heavy cannon balls could be seen at once.  The walls of the fortress at Veracruz began to crumble and shrapnel from the bursting shells raked both the military and civilian population inside the city.  It was a terrible sight but the worst was yet to come.

The terror of the siege increased later in the day when American rocketeers launched forty Congreve’s rockets into the city in an attempt to set it on fire.  On the 25th, they followed up with a barrage of ten new Hale rockets.  Highly inaccurate, these experimental missiles rarely hit the intended targets but, upon impact, ricocheted randomly through the city streets causing many civilian causalities and substantial collateral damage.

The destruction and carnage inside the walls of Veracruz were extensive.  Firing ceased temporarily at 5:00 P.M. on the 25th when a Mexican officer emerged under a flag of truce and delivered a proposal for the evacuation of the women and children from the city.  Scott denied the request and resumed the bombardment that continued undiminished through the driving wind and rain of a particularly vicious storm that occurred during the night.  On the morning of the 26th, Scott again refused a request to allow the evacuation of civilians but did begin negotiations for the capitulation of the city.  He continued to demand unconditional surrender and got it on March 27.

Veracruz was in shambles.  During the four-day bombardment, American shore artillery had fired 6,700 shot and shell, a total of over 173,000 kilograms (463,000 pounds) of munitions, into the city.  Nearly one-third of the missiles (half of the total weight) were massive 250-millimeter (10-inch) mortar shells that impacted haphazardly or exploded in the air, showering razor-sharp shrapnel on soldiers and civilians alike.  The American navy had fired another 1,800 rounds of heavy artillery at the city.  The final tally of death and suffering at Veracruz was as lopsided as the battle itself.  Mexican officials estimated 400 to 500 civilian and 600 military casualties inside the city — the Americans lost thirteen men killed and fifty-four wounded.

Captain Robert E. Lee, a young American artillery officer who would later command the Confederate forces during the American Civil War, participated in the siege of Veracruz and recorded his memories of the event:

The shells thrown from our battery were constant and regular discharges, so beautiful in their flight and so destructive in their fall.  It was awful!  My heart bled for the inhabitants.  The soldiers I did not care so much for, but it was terrible to think of the women and children.

Captain Lee was not the only one horrified by the siege of Veracruz.  The nations of Western Europe condemned both the savagery of the siege and the naked imperialism of the United States.  But the U.S. wasn’t deterred by international outrage; the invasion immediately headed inland towards the heart of Mexico.

To The Halls of Montezuma: The Fall of Mexico City

After the fall of Veracruz, Scott directed his massive invasion force toward Mexico City.  Mexican defenders engaged the American invaders at various points along the march but were always out-gunned and unable to stop the advance.  Constant guerrilla harassment delayed Scott’s forces, but could not prevent the assault on the capital of the Mexican republic.

The fate of Mexico City was decided at Chapultepec castle, located 3 kilometers (2 miles) west of the city gates.  In order to demoralize the Mexican defenders and terrorize the inhabitants of the nearby capital, Scott moved four artillery batteries into position and bombarded Chapultepec throughout the day of September 12, 1847.  The ground assault began the next morning with a concentrated two-hour shelling of the castle, followed by a storm of grape, canister, and shrapnel aimed at the Mexican soldiers stationed outside the walls.  Units from four U.S. Army divisions participated in the attack on the citadel that was defended by only 832 infantrymen plus some artillerymen and engineers and a handful of teenaged military college cadets.  The castle fell on September 13th after a fierce hand-to-hand battle.  Mexican causalities included many wounded whose throats were cut by the Americans and six youthful cadets of the military college at Chapultepec — Francisco Márquez, Agustín Melgar, Juan Escutia, Fernando Montes de Oca, Vicente Suárez, and Juan de la Barrera — who fought the good fight and leapt to their deaths from the tower of the citadel rather than surrender to the Americans.  They became known as the legendary LosNiños Héroes, martyrs of the unrighteous war.

LosNiños were not the only martyrs to the Mexican cause who died at Chapultpec.  At 9:30 A.M. on the last day of the siege, at the very moment that the American stars and stripes replaced the Mexican tri-color over the castle, U.S. Colonel William Selby Harney gave the order to hang thirty Irish-Americans and Irish immigrants of the Batallón deSan Patricio who had deserted from the U.S. Army to fight on the Mexican side and had been captured at the Battle of Churubusco.  The bodies of these men, who had been kept waiting on the gallows in full view of the castle with nooses around their necks since dawn, were later cut down and buried by other San Patricios who had been flogged and branded.  A marble plaque honoring these Irish- American soldiers overlooks the San Jacinto Plaza in the Mexico City suburb of San Angel.

After the fall of Chapultepec, Scott moved his forces to the gates of Mexico City proper where American artillery again won the day.  Scott’s campaign of shock and terror worked — the citizens of Mexico City realized that they were at the mercy of an enemy who didn’t believe in mercy.  On September 14th, in order to spare the city the fate of Veracruz and Chapultepec, Mexican authorities persuaded General Santa Anna to withdraw the Mexican army and appealed to the American general for favorable terms of capitulation.  Scott, with his mighty guns aimed at the heart of Mexico, demanded unconditional surrender.  Fully informed of the tragedy at Veracruz, and with the carnage of Chapultepec smoldering within sight, the Mexican officials yielded.

To celebrate the capture of Mexico City, Scott staged a triumphant military parade to the Grand Plaza the following day.  When Mexican resistance fighters sniped at U.S. troops headed to the plaza, American artillerymen shelled the houses from which the fire originated with a 200-millimeter (8-inch) howitzer.  Sporadic sniper fire against the invaders in the city continued until September 17th when the last resisters were rooted out and killed.  Again, American artillery had prevailed — in the battle for the heart of Mexico the U.S. lost only 130 men compared to the deaths of over 3,000 Mexican defenders.

The war was essentially over, but resistance continued after the fall of the capital.  Mopping-up activities took several more months and claimed more Mexican lives.  In Puebla, four thousand guerillas attacked the U.S. garrison and kept it under siege for twenty-eight days — but again the contest was decided by American firepower.  Widespread acts of resistance continued but were ruthlessly suppressed.  Throughout the entire U.S. campaign in Mexico, guerrilla actions against the invaders met tough measures — initially Scott had issued standing orders that local Mexican officials be held responsible for the apprehension and delivery to American forces of any and all Mexicans who killed or wounded Americans.  If the guilty parties were not delivered, a $300 fine was levied on the personal property of the nearest mayor.   After the fall of Mexico City, Scott toughened his policy against resistance even more.  American soldiers were ordered to show no quarter — captured guerrilla suspects were to be put to death with “due solemnity” after a mock trial by three U.S. Army officers.  These summary executions took place all over Mexico and helped extinguish the last flames of resistance.

Scott’s ruthless campaign that began in Veracruz and penetrated the Valley of Mexico to the Halls of Montezuma won the war.  The Americans inflicted more than 7,000 casualties on the Mexican army and took over 3,700 prisoners.  In addition, the invading army seized at least 75 cannon and 20,000 small arms, effectively disarming the young Mexican republic.  American historians who chronicle the conquest do not offer estimates of the number of civilian casualties or the extent of the collateral damage of the U.S. War on Mexico.

Los Diablos Tejanos

No history of the U.S. conquest of Mexico is complete without an account of the atrocities committed by the notorious Texas Ranger companies, dubbed Los Diablos Tejanos by the Mexicans they terrorized.  These paramilitary gangs conducted a campaign of death and destruction in the Mexican countryside that left a legacy of hate that survives to this day.   The vast majority of the 700 Rangers who volunteered for service in Mexico were jobless desperados from the Texas frontier who would do anything for money.  They were recruited and led by Texans who were seeking revenge for what they considered wrongs committed by Mexicans at the Alamo, Goliad, Santa Fe, and Mier.

Los Diablos killed and pillaged indiscriminately.  Armed with the latest rifles and revolvers, and wielding vicious Bowie knives, the Rangers operated beyond the control of the U.S. Army from the day they reported for duty.  Dispatched as scouts in northern Mexico by General Taylor, the Texas mercenaries roamed the countryside, raiding villages, plundering farms, and shooting or hanging unarmed Mexican citizens.

On July 9, 1846, George Gordon Meade, a young army officer who, like Grant and Lee, served as a general during the U.S. Civil War, wrote a scathing report on Ranger misconduct in his area of responsibility:

They have killed five or six innocent people walking in the street, for no other object than their own amusement. . . . They rob and steal the cattle and corn of the poor farmers, and in fact act more like a body of hostile Indians than civilized Whites.  Their officers have no command or control over them.

The Corpus Christi Company of Texas Rangers under the command of  “Mustang” Gray, the man who murdered Agapito De Léon at Victoria, was among the worst of Los Diablos.  Dr. S. Compton Smith, an outspoken critic of the Texas Rangers, was unsparing in his denunciation of Gray and his company:

Texas Rangers…were mostly made up of adventurers and vagabonds. . . .  The gang of miscreants under the leadership of Mustang Gray were of this description.  This party, in cold-blood, murdered almost the entire male population of the rancho of Guadalupe, where not a single weapon, offensive or defensive, could be found!  Their only object was plunder!

When General Taylor learned of the massacre at the rancho Guadalupe and other atrocities committed by the Rangers, he tried to rein in the Texas volunteers by threatening to arrest all 700 of them.  The Rangers, to a man, ignored the general, and he backed off.  After all, the reign of terror conducted by Los Diablos Tejanos against the Mexican people helped paralyze resistance to the invasion and aided in the conquest of Mexico.

The Treaty of Guadalupe Hidalgo

Mexico ultimately lost the war because of the ruthless application of superior firepower against both military and civilian targets by U.S. Army and Navy forces.  It began as a war of attrition that American field commanders were willing to escalate into a war of annihilation.  Hostilities officially ceased in late October of 1847, and the Treaty of Guadalupe Hidalgo, signed on February 2, 1848, formally ended the conflict.  The U.S. War on Mexico secured Texas as part of the southern empire of slavery and took nearly half of the original territory of the Republic of Mexico as spoils of war.  Mexico was forced to cede Upper California and the territory of New Mexico (later to become the states of New Mexico, Arizona, Nevada, Utah, and parts of Colorado and Wyoming) to the U.S. — a total land area of 1,370,154 square kilometers (529,017 square miles).  Including the land of the Spanish cession and the annexation of Texas, by 1848 the U.S. had expropriated a total of 2,567,111 square kilometers (almost one million square miles) of land from its southern neighbor.

Lost to Mexico were the fertile coastal plains of Texas and California and the bountiful high plains of the Edwards and Colorado plateaus and the Llano Estacado, vast areas that have produced enormous wealth in minerals, oil, beef, cotton, corn, sugar, and other agricultural commodities.  Gone were the fecund Central Valley in California, Gila River Valley in Arizona, the Mesilla Valley in New Mexico, and Rio Grande Valley in Texas, cornucopias that would come to feed so much of the U.S. population.  Stolen from the Mexican people were the treasures of the Sierra Nevada, the lower Rocky Mountains, and the upper portions of Sonora and Chihuahua that have produced copious amounts of gold, silver, copper, and other minerals.  Expropriated were the important rivers and abundant forests of the American Southwest.  Annexed to the U.S. were the key seaports of California and Texas — San Francisco, San Pedro, San Diego, Port Isabel, Corpus Christi, and Galveston — all destined to become thriving centers of commerce and industry.  Denied to Mexico were the important trade centers of Sonoma, Santa Clara, San Juan Bautista, Monterey, San Luis Obispo, Santa Barbara, San Fernando, Los Angeles, La Mesa, San Gabriel, Santa Fe, Albuquerque, El Paso, San Antonio, and Laredo — the Spanish names protest the theft.

And, for some Americans, half of Mexico was not enough.  President Polk himself was disappointed in the final terms of the Treaty of Guadalupe Hidalgo.  He wanted to partition Mexico along the 26th parallel due west from the mouth of Rio Grande all the way to the Pacific Ocean, an annexation plan that would have included almost all of the current Mexican states of Coahuila, Chihuahua, Sonora (with its important seaport of Guaymas), and most of Baja California.  Additionally, he wanted that area of Mexico lying east of the Sierra Madre Oriental down to, and including, the port of Tampico (the present Mexican states of Nuevo Leon and Tamaulipas).  Polk considered the coastal plains of Tamaulipas to be fertile ground for slave plantations.  All in all, the U.S President coveted, and almost secured, another 886,000 square kilometers (336,000 square miles) of Mexico as spoils of war.

There were many North Americans who wanted even more than that.  A powerful faction of U.S. politicians, land speculators, and northern capitalists called for the annexation and enslavement of all Mexico.  On November 10, 1847 the Whig Party in the U.S. published its program for the defeated republic:

It is, therefore, declared, for the peace and quiet of this land, [Mexico] for the happiness of these people, and to end the effusion of human blood, that the United States, from this day forward, ends the war — assumes the entire conquest of Mexico — annexes it to the United States, and the people are required to repair to their respective homes, and there await the call of the proper authorities of their different States to organize their several State Constitutions, which, if Republican, will be accepted into the Union. . . .  All in default, acting contrary to this manifesto, be traitors, whose lives and property will be confiscated.

Many of the American field commanders who participated in the invasion of Mexico supported total annexation.  Brigadier General William J. Worth, a rabid expansionist and racist, was quite explicit:

That our race is finally destined to overrun the whole continent is too obvious to need proof. . . . After much reflection I have arrived at the conclusion that it is our decided policy to hold the whole of Mexico — The details of occupation are comparatively unimportant — I mean by occupation, permanent conquest and future annexation. . . .

However, internal contradictions in the United States stymied the movement for the annexation of all Mexico.  The issue of slavery continued to dog the U.S.  Free soil advocates were afraid that the conquered nation would become slave territory and vehemently opposed annexation.  Land speculators and northern capitalists were anxious to acquire all of Mexico and sell it for a profit as they had the American Midwest and South and sided with the annexationists.  Slaveholders were split on the issue — some advocated unfettered expansion, while others feared that if all Mexico were annexed, it might be as free soil.  The result was a bitter political struggle in the U.S. Senate.  In the end, the expansion of slavery, which initially drove U.S. imperialism in the South and Southwest, was the issue that tipped the balance against the annexation of all Mexico.

The U.S. War on Mexico proved to be devastating enough without total annexation.  The thirty-five year campaign against Spain and Mexico brought to a climax in the Treaty of Guadalupe Hidalgo guaranteed slavery in Texas and expanded the United States from the Atlantic and Gulf of Mexico to the Pacific Ocean.  Americans like to dress up the land-grab and call it “Manifest Destiny,” but history shows it for what it really was — naked aggression by a superior power that robbed the Mexican people of their birthright in North America and crippled the future of their young republic.

The Fate of the Conquered

The struggle for the ownership of the land in the stolen territories did not end with the conclusion of the war.  Although the Treaty of Guadalupe Hidalgo recognized the legitimacy of Spanish and Mexican land grants and offered the Mexican inhabitants in the ceded territories American citizenship, the influx of land-hungry and ruthless whites resulted in widespread oppression that sparked mass exile and repatriation.  The exile of Mexican citizens from Texas that began after the Anglo takeover of 1836 intensified after the war in 1848.  Besieged refugees abandoned their farms and ranches and moved across the Rio Grande to the old Mexican towns of Paso del Norte, Guerrero, Mier, Camargo, Reynosa, and Matamoros and established the new towns of Nuevo Laredo, Mesilla, and Guadalupe.

The Spanish-speaking population fared no better in post-war California.  Descendents of the original Spanish settlers, known as Californios, faced problems similar to those of their compatriots in Texas and additional pressure from the gold rush of 1849 which attracted over 100,000 newcomers to the territory, including more than 80,000 whites from the U.S., 8,000 Mexicans from the state of Sonora, and 5,000 South Americans, mostly miners from Chile.

Much trouble in the goldfields of California stemmed from the fact that both the Sonorans and the Chileans were better miners than the whites and became targets of resentment and persecution.  The Foreign Miners’ Tax Law of 1850, passed by the California legislature, required foreigners to buy mining permits for $20 a month (a huge sum of money in those days).  The legislation was intended to make the Mexicans and Chileans abandon their claims and reduce them to the status of wage laborers.  The law, however, proved to be unenforceable and the work of disenfranchisement had to be completed by white lynch mobs and gangs of gunmen.  Several of the local and regional leaders of these gangs knew how to get the job done — they had been Rangers in Texas or the War on Mexico before joining the California gold rush.

Anglos in California denounced the Mexicans who fought back as bandits.  The intensity of the local conflict is reflected in the legend of the bandit Joaquín Murieta, who created havoc in the Anglo community in revenge for the murder of his wife and brother and theft of his gold mine by Anglo claim jumpers.  Whether or not Joaquín Murieta actually existed is not important — the historical cases of Juan Flores and Tiburcio Vásquez, bandidos caught and hanged by white vigilantes, are testimony to the desperation and rage of the dispossessed Mexicans in California.

Within a decade, most Chileans and many Mexicans in California were repatriated.  The Mexican population that stayed in California, followed by their descendants and succeeding generations of new immigrants from Mexico, provided the labor power to develop the state’s wealth much as their compatriots in Texas did.

At first, the future of the Mexican population in the territory of New Mexico looked bright.  Numerical superiority, representational government, and the rights guaranteed in The Treaty of Guadalupe Hidalgo initially offered Mexicans the possibility to hold on to their land, but ultimately the Anglo ranchers, land speculators, and eastern and foreign capitalists won out.  After two decades of lynching, land wars, and lawsuits, most native New Mexicans, like their compatriots in Texas and California, found themselves displaced and landless.

The Gadsden Purchase: Back For More

Not satisfied with the vast territorial concessions of the Treaty of Guadalupe Hidalgo, the U.S. demanded more land from Mexico in 1852.  The discovery of gold in California renewed American interest in what remained of Mexican territory in the Southwest.  Knowing that silver and gold are often found near deposits of common metals, American capitalists and speculators set their sights on the northern states of Sonora and Chihuahua which both had rich deposits of copper.  The boundary set by the Treaty of Guadalupe Hidalgo had left Mexico in possession of the Santa Rita copper mine in upper Chihuahua and other known copper deposits across northern Sonora.  In addition, the flat land south of the Gila River would provide an easy route for a southern U.S. trans-continental railroad.  The Treaty of Guadalupe Hidalgo, like the Adams-Onís Treaty of 1819, stood in the way of American profiteers and had to be broken.

U.S. President Franklin Pierce appointed James Gadsden, a wealthy railroad tycoon from the South, as Minister to Mexico and sent him to negotiate armed with a carrot and a sword.  The carrot included a purchase offer of up to $25 million for the land and a $200,000 bribe for Santa Anna, then president of the prostrate republic.  The sword was the threat of another invasion.

The sword was poised to strike.  Again, the U.S. employed the strategy that had proven so successful in Florida and Texas — Anglo immigrants had been infiltrating across the Rio Grande and settling in the Mesilla Valley in the state of Chihuahua since the end of the war.  Before Gadsden began negotiations, American soldiers were moved upstream from El Paso to a strategic position where they could quickly cross the river to “protect American lives.”  Santa Anna was aware of the situation in the Mesilla Valley.  Knowing the ruthlessness of the Anglos and not immune to personal bribes, he took the money and instructed his ministers to sign whatever terms that the American Minister offered.

Gadsden returned to Washington with a treaty that cut deeply into remaining Mexican territory.  This new treaty moved the international boundary from the Gila River approximately 200 kilometers (125 miles) south to its present location.  This radical surgery cut off the tops of the Mexican states of Chihuahua and Sonora, transferring another 78,000 square kilometers (30,000 square miles) of the Mexican republic to the United States.  The U.S. ended up paying only fifty-three cents an acre for the land that became part of the states of New Mexico and Arizona.  Santa Anna’s sell-out so enraged the citizens of Mexico that he was ousted from office and had to spend the next twenty years of his life in exile.

As in the case of the Treaty of Guadalupe Hidalgo, there were many powerful Americans who wanted to exploit the weakness of Mexico to take more.  Gadsden had compelled the Mexican government to sign three drafts of the treaty.  The first draft, the one that Gadsden and his rich cronies lobbied for, set the international boundary on the 30th parallel from a point in the middle of the Rio Grande 50 kilometers (31 miles) north of the present Ojinaga-Presidio river crossing due west to the Gulf of California.  This draft also ceded all of Baja California to the U.S. and would have swallowed up approximately 341,000 square kilometers (132,000 square miles) more than the draft that was finally adopted.  The same issue that had foiled the annexation of all of Mexico likewise defeated the most onerous draft of the Gadsden Treaty — the expansion of the southern empire of slavery in the U.S.

The Gadsden Treaty ratified by the U.S. Senate in 1854 completed the American land grab in the American Southwest.  By the end of the thirty-five-year campaign against Spain and Mexico, the United States had dismembered her sister republic to the south, stealing more than 2.6 million square kilometers (over one million square miles) of land.  In modern context, the final damage assessment to Mexico is staggering — over one third (33.8 percent) of the land area of the lower forty-eight U.S. states is former Mexican or Spanish territory.  Subtracting the land ceded by Spain still leaves over 31 percent of the land of the lower forty-eight U.S. states originally belonging to Mexico.

The Gadsden Treaty ended the great American land-grab but did not end the exploitation of Mexico.  From the end of the war in 1848 to the present day, the U.S. has used its dominant position to systematically plunder the resources of its southern neighbor and exploit the labor power of the Mexican people.

Será continuado. . . . / To be continued. . . .


Richard D. Vogel is an independent socialist writer. He has recently completed a book, Stolen Birthright: The U.S. Conquest and Exploitation of the Mexican People.  Listen to an interview with Richard D. Vogel on the Heartland Labor Forum program.  Spanish translation by Gabriela Baeza Ventura.


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